Aparcábamos, bajábamos y siempre había
alguien a quien saludar. Mientras tanto yo, al segundo A me disponía
a marcar.
-¡Ya va!- Se oía desde arriba y, tras
cinco minutos, la puerta se abría.
Subíamos esos dos pisos sin ascensor.
A veces rápido otras andando pero siempre con una gran ilusión. Al
llegar arriba, otro grito. “Está abierto” decía y las campanas
al abrir la puerta se movían.
La primera vista era la de un salón
despoblado y una cocina en la que alguna sobra de comida siempre
había. Cruzábamos el pasillo y allí estaba, sentado, con su
pantalón de chandal y una camisa. Al entrar a saludar la misma
frase, -no me levanto- y, sin duda, me acercaba para plantarle dos
besos.
Una vez echa la presentación cada uno
escogía un rincón y era el tiempo para el diálogo, en el cual
nunca faltaba un “hablemos de nuestras cuentas” al mismo tiempo
que sacaba un taco. Da igual las canastas que metiera que él, sin
dudarlo, algo de dinero acercaba a mi mano. “Me vas a dejar pobre”
decía, pero la siguiente frase contradecía. - ¿A quién se lo voy
a dar mejor que a mi nieto? Siempre al compás se una sonrisa.
El tiempo pasaba y llegaba el momento
de bajar a tomar “el café”. Cinco minutos tardaba en bajar, más
otros cinco en llegar al bar. Pero no importaba que sitio siempre
reservado quedaba.
-Hola Paco- saludaba, - ya sabes lo que
queremos- añadía y en cinco minutos en nuestra mesa raciones
aparecían.
Era hora de irse y tras cinco minutos
de despedida, él en el sofá se quedaba y nosotros de camino a casa.
Noche tras noche nos llamaba para
hablar conmigo y preguntar por el día. La llamada era corta, cinco
minutos y cortaba.
Sucesiones de cinco minutos, que ahora
en el presente deseo que se hubieran alargado. Muchas más cosas
ocurrieron pero, por seguir con aquella rutina, mis cinco minutos
terminan y, por eso, este recuerdo aquí culmina.
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