martes, 22 de septiembre de 2015

Cinco minutos

Aparcábamos, bajábamos y siempre había alguien a quien saludar. Mientras tanto yo, al segundo A me disponía a marcar.
-¡Ya va!- Se oía desde arriba y, tras cinco minutos, la puerta se abría.
Subíamos esos dos pisos sin ascensor. A veces rápido otras andando pero siempre con una gran ilusión. Al llegar arriba, otro grito. “Está abierto” decía y las campanas al abrir la puerta se movían.
La primera vista era la de un salón despoblado y una cocina en la que alguna sobra de comida siempre había. Cruzábamos el pasillo y allí estaba, sentado, con su pantalón de chandal y una camisa. Al entrar a saludar la misma frase, -no me levanto- y, sin duda, me acercaba para plantarle dos besos.
Una vez echa la presentación cada uno escogía un rincón y era el tiempo para el diálogo, en el cual nunca faltaba un “hablemos de nuestras cuentas” al mismo tiempo que sacaba un taco. Da igual las canastas que metiera que él, sin dudarlo, algo de dinero acercaba a mi mano. “Me vas a dejar pobre” decía, pero la siguiente frase contradecía. - ¿A quién se lo voy a dar mejor que a mi nieto? Siempre al compás se una sonrisa.
El tiempo pasaba y llegaba el momento de bajar a tomar “el café”. Cinco minutos tardaba en bajar, más otros cinco en llegar al bar. Pero no importaba que sitio siempre reservado quedaba.
-Hola Paco- saludaba, - ya sabes lo que queremos- añadía y en cinco minutos en nuestra mesa raciones aparecían.
Era hora de irse y tras cinco minutos de despedida, él en el sofá se quedaba y nosotros de camino a casa.
Noche tras noche nos llamaba para hablar conmigo y preguntar por el día. La llamada era corta, cinco minutos y cortaba.
Sucesiones de cinco minutos, que ahora en el presente deseo que se hubieran alargado. Muchas más cosas ocurrieron pero, por seguir con aquella rutina, mis cinco minutos terminan y, por eso, este recuerdo aquí culmina.


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