Por la ciudad camino, no preguntéis a donde. Me limito a ir por los tejados como un gato sin dueño y con un único objetivo. Encontrar una farmacia en la que vendan pastillas para no soñar. Porque, ¡qué alivio sería no soñar en el amor! Sí, ese juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño.
Al boulevard de los sueños rotos vuelvo. Con más de cien mentiras que valen la pena a mis espaldas. Aunque espero que no acusen a mi tan maltrecho y ajado corazón porque está cerrado por derribo.
Duele verla remover la cajita de cenizas que el placer tras de sí dejó, y lo peor es que no me queda otra que regresar a la maldición del cajón sin su ropa, a la perdición de los bares de copas y a pagar las cuentas de la gente sin alma.
A la estación de la calle Melancolía llego y me siento en la escalera porque el tranvía que lleva al barrio de la Alegría salió y yo vuelvo a sentirme extraño cual pato en el Manzanares o torpe cual suicida sin vocación y todo porque el mes de abril me lo han robado. Ains, cómo puede sucederme esto a mí.
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